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Hay palabras que tienen muy mala fama, o tal vez hayan perdido su sentido original. En mi última lectura estival he reflexionado sobre algunas de ellas. La humildad es una de ellas.

Si partimos no del sustantivo, sino del calificativo, empezaremos a comprender por qué no es una palabra que agrade. Cuando se habla de alguien humilde, pensamos en la pobreza, pero la humildad es una virtud escasa y que nada tiene que ver con la pobreza de ningún tipo, sino más bien con la capacidad del que se sabe limitado y lo acepta sin afección. Es posible que nos desagrade debido a que no solemos interpretar su significado profundo. Parece como si alguien humilde, fuera un pobre hombre, que no se tiene en consideración. Alguien transparente para los demás, que requiere de la fama, que precisa hacerse notar, hacerse oír. La humildad es una palabra que parece carente de pulso, cuando es un estado activo que precisa de una gran fortaleza. No se es humilde, por imposibilidad de ser otra cosa, sino por considerar innecesario recibir el reconocimiento de los otros.

Al igual que con la humildad sucede con palabras como la compasión. “No quiero que me compadezcan”, decimos fuertemente airados. Pensamos que es un acto que evidencia nuestro dolor y nos hace parecer débiles y necesitados ante los demás. Los orientales emplean esta palabra con un sentido mucho más amplio. En realidad, si nos atenemos a su etimología, la compasión es el acto de compadecerse, es decir de “padecer con”. Tener compasión es en definitiva una actitud de amor, en la que estamos dispuestos a abandonar nuestro estado de paz, de placidez, para compartir el padecimiento del otro. El rechazo a la palabra es debido a que entendemos de forma superficial dicha virtud. Acompañar al que padece es algo grande, es una forma de llevar parte de su carga. Y aunque el dolor sea algo muy personal, compartirlo con alguien lo atenúa.

También hay otras palabras denostadas, como la sencillez. Hay un dicho que resume esta percepción negativa de la misma y que dice:”Antes muerta que sencilla”. Suele ser aplicada por las mujeres y aunque no deja de ser una forma graciosa de indicar que queremos destacar, no pasar desapercibidas, evidencia la percepción que tenemos de esta virtud.

Ser sencillo, no significa desmañado, descuidado. Ni supone ser invisible a los ojos ajenos. La sencillez, al igual que la humildad emanan del conocimiento del mundo y de nosotros mismos. A veces establecemos una correlación con la simplicidad. “Este hombre es un simple”, decimos cuando queremos indicar que no es capaz de realizar hondas reflexiones, pero tanto la sencillez, como la simplicidad no tienen en origen este matiz negativo. Es cierto que se soporta mejor que te califiquen de sencillo que de simple, pero en cualquier caso, no es una buena carta de presentación.

En una entrevista, habría que decir que se es agresivo, competitivo, dinámico, imaginativo… pero sencillo, no. Y simple, mucho menos.

Imaginemos a un director general sencillo o simple, a un político sencillo o simple. Bueno, mejor es dejar esta vía de pensamiento…

A pesar de todo, y al igual que ocurre con palabras como la humildad o la compasión, la sencillez y la simplicidad, están valoradas desde puntos de vista poco objetivos. El hombre verdaderamente sencillo, no tiene dobleces, y se presenta tal cual es, sin recovecos, por eso está mal visto en nuestra sociedad occidental. No precisa más que lo estrictamente necesario para ser feliz, lo que no implica falta de criterio, de ambición (en el sentido más positivo de la misma). Comprende mejor el mundo, porque no lo inventa, lo reconoce sin más. Y en cuanto a la simplicidad…cuánta verborrea sobra para ver lo más sencillo, lo obvio.

Ha sido magnífico reencontrarme con esta ventana luminosa, que es mi blog y reivindicar tantas palabras huérfanas de elogios.

 

 

Pensamiento callado

¿Qué ha sido de mi pensamiento desde el mes de enero? Por alguna extraña razón se ha volatilizado. La vagancia de todo lo experimentado en estos meses me ha dejado en una suerte de limbo silencioso.

No he vivido ninguna experiencia sorprendente. Sólo la vida se ha llevado a dos personas queridas. En dos años tres personas que constituían esa primera línea de batalla, nos han dejado. Y su cansancio se merecía esa paz de la que ahora disfrutan.

Hoy he soñado con ellos.

He estado sumergida en el trabajo y en la música, mi última pasión. No he escrito nada. Mi pluma se ha mantenido callada y sin tensión, pero mi pensamiento poético no ha dejado de inventar, de tener ideas que no se han materializado en el papel.

Ha llegado la hora de recuperar mi ventana y mis chopos.

Inexistente Año Nuevo

Desde el aquí y el ahora doy la bienvenida a algo inexplicable que el común de los mortales llama Año Nuevo. Yo sólo vivo el presente, cuando mi mente obtusa no se impone a éste y pretende que me enrede en realidades inexistentes. Cuando vivimos desde el ahora, no hay año nuevo que se resista. Nada nos va imponer un futuro que es impredecible, ni tenemos por qué hacer referencias a un pasado que ya se ha ido y que no puede imponernos su dictadura.
Me sorprende la cantidad de preguntas tales como ¿Qué espera usted del nuevo año que comienza?. Yo sólo tengo una respuesta. Nada. No espero nada, porque lo que me vaya ocurriendo no tiene que ver con mis esperanzas. Sencillamente ocurrirá, sin más. Y sólo en ese momento deberé abordar su vivencia, en el momento mismo en que acontezca lo que quiera que sea.
También me sorprende el afán, sin duda legítimo, de hacer proyectos, como si el día 1, fuera una salida hacia una meta. Los objetivos que pretendemos lograr, no tienen por qué depender de fecha alguna, y lo de menos es el resultado. Lo importante es el recorrido.
Sólo estas breves meditaciones ante un año que se viene vaticinando como nefando. Este año no tendrá más problemas que los que dejemos que se apoderen de nosotros. Hay circunstancias que tendremos que afrontar y lo haremos en su momento. Los datos económicos, son datos, no problemas, así que a pesar de que nuestras nóminas mengüen, se congelen los salarios, aumenten los precios y las retenciones de Hacienda, la vida seguirá discurriendo, y sólo si nos dejamos arrastrar por pensamientos negativos sufriremos en este año.
Amen.
Arsvocis

Al borde del silencio

A la mitad del camino me he encontrado con mi alma. Alzó su mano y como si fuera rama,un pájaro se posó en ella. Era yo sin la palabra, mirándome sin ver nada,  hecha de blanco silencio, de vacío que habitara.

Dejé de ver y la ceguera me devolvió al mundo.

De tanto andar se paró el pulso y en ese instante, me hice pluma de aquel pájaro para volar sin parada.

Fui tocada con las yemas desde un espacio foráneo, y al instante, el sentido de lo sentido enmudeció para sólo ser por un momento, y en un soplido de amor sin verbo alguno, percibir un aliento de temporal calmado, de certeza filtrada por un rayo del verbo enmudecido

Algo inmenso ha sucedido,mucho más que un mero encuentro, que un pájaro en una rama, que unos labios sin palabras.

La ceguera y el silencio me encontraron con el alma.

Arsvocis

Mi moribundo blog demanda algo de atención. Sabe que no tengo tiempo para escribir en él, pero insiste en que yo le haga un hueco, que le dedique algunos minutos, si quiero que sobreviva.
Te diré algo. Me han rondado mil y una ideas para no dejarte solo ante la blanca palidez de tu semblante, pero se me han ido haciendo viejas antes de nacer. Será por esta precipitación que nos rodea, esa urgencia que nos lleva a olvidar las cosas, a tocar demasiados temas y no profundizar en nada. Será por eso.
Si cambiara mi rumbo y escribiera sobre temas de actualidad, como la crisis que ya rezuma miedo y se refleja en muchas ojeras, como los cambios políticos que han pasado sin pena ni gloria, como las tragedias que tantos espacios ocupan las noticias, seguramente no te encontrarías postrado. Más ya sabes que mi verbo gusta de hablar de las hojas que tapizan los bosques, de los árboles que amarillean sobre el verde, del olor a leña, de la música que se cuela por entre las rejas del alma. Allí en medio de ese paraíso pasan las muertes desapercibidas, las crisis se ven como palabras barridas por el viento… No voy a hablar de lo que ya sabemos, de lo que nos tememos. Ahí afuera, cerca de casa, huele a hierba húmeda y mientras camino, respiro profundamente, echo raíces, percibo mi cuerpo y formo parte de un todo que me envuelve. No soy diferente a ese cielo limpio que barrió la lluvia. Soy sol que calienta, nube que deja sombras tenues a mi paso.
Ahora que sabes por qué tantas veces dejo vacío este espacio, pídeme que te devuelva el alma. Llama a mi puerta para que se cuele en tus entrañas el aire que demandas.

El poder de las cartas

Guardaba sus cartas, que de vez en cuando releía. Y pasaron los años, y a mis manos llegaron otras cartas aún más antiguas. Así descubrí a mi padre, apasionado, enamorado. Un hombre que descubrió al gran amor de su vida. Recordé de nuevo aquellas otras cartas que me parecían tan lejanas y descubrí que cada uno quiere a su manera. Había olvidado su amor discreto, nada apasionado, sólo alumbrado por algún destello irrefrenable en la distancia. Era un amor difícil, pero sincero. Sé que le miraré con otros ojos cuando le vea, y no diré por qué. Tal vez me reconozca de nuevo y sepa que los años, que lo erosionan todo, no han podido borrar la imagen de aquella niña de ojos profundos, y labios sinceros.

El beso prodigioso

De aquella no recuerdo más que lo que la niebla de la mente quiere disipar. La densa noche, la mirada intensa, la lumbre y la chanza de los soldados que atienden al placer por divisar la muerte. La recuerdo en la penumbra, con el pelo desordenado y el rostro bello. Tomé su mano y en el arrastre nos recogimos tras una empalizada. Los ojos reflejaban mis ojos. No sabía si eran suyos o míos, si los dos veíamos al unísono. La besé con la pasión del último de mis días, de su primer encuentro. Me besó con el desgarro de lo encontrado. La luz dejó en su rostro el quejido del amor, que a horcajadas traspasó mis sentidos. Y amigos, no puedo describir todos los instantes que siguieron galopando entre ambos, sin estribos.

Llegó la mañana y el estruendo de la muerte se esparció por todos lados.Rendidos al enemigo iba yo prisionero, no por las esposas que portaba, sino por el corazón que aún me ardía.

Todo el regimiento a pie, y ella sola en una montura aparejada.

Soportaba todo, salvo la certeza de la duda. No caminábamos con la cabeza baja, dejados ir por el magnánimo enemigo. Otro peligro se olía entre los bosques que lindaban la pradera. Veía su rostro de venganza. El odio y su negra mirada posada en ella.

Cuando sonaron los trinos del bosque, supe que no eran aves. Los trinos se tornaron voces, las voces gritos, los gritos carreras y al fin la sangre en forma de torrente. Mis ojos, sólo veían un caballo desbocado. Corrí derribando cabezas, cortando con el hacha los hilos que me impedían llegar a ella. La hallé en el suelo y tirando con fuerza pudimos adentrarnos entre la arboleda. En esta extraña correría, me acompañaban, los últimos vestigios de la tierra del silencio.

Enseguida supimos que no todos alcanzaríamos el horizonte, pero no dudamos en trazar una feroz mampara de hierro, para hacer inexpugnables nuestros deseos. Ni los rápidos del río pudieron parar el acelerado latir de los que querían amar a toda costa.

Más hay un momento en el que sabes que la fuerza del otro es mayor que la tuya, y en el desfiladero, nos encontramos, la venganza y el febril amor que me alojaba. Ella miró con ojos grandes, entregados al final que se acercaba, mientras la fuerza de las armas hablaba enmudeciendo el día. Mi brazo ensangrentado dejó patente la desigual batalla. Ya solo quedaba el último y fatal golpe. Me miró y se encontraron sus ojos y los míos. No sentí dolor, cuando el dolor despeñó mi cuerpo hacia el abismo, y vi su cuerpo que se aferraba al mío, cayendo al tiempo. El eco de mi espantoso grito llenó el espacio. La fuerza nos separó en la caída y lo último que vi fue una sonrisa de amor desesperado.

Cuando abrimos los ojos, el horizonte amado se hallaba a nuestros pies. El aire azotaba nuestros rostros y esparcimos las cenizas de lo que fuimos. El amor quedó prendido de los árboles y cuentan que cuando llega el atardecer aún se pueden escuchar los quejidos de aquel beso prodigioso.

Publicado el domingo, 28 de agosto de 2011 en el suplemento dominical del Correo Gallego.