De aquella no recuerdo más que lo que la niebla de la mente quiere disipar. La densa noche, la mirada intensa, la lumbre y la chanza de los soldados que atienden al placer por divisar la muerte. La recuerdo en la penumbra, con el pelo desordenado y el rostro bello. Tomé su mano y en el arrastre nos recogimos tras una empalizada. Los ojos reflejaban mis ojos. No sabía si eran suyos o míos, si los dos veíamos al unísono. La besé con la pasión del último de mis días, de su primer encuentro. Me besó con el desgarro de lo encontrado. La luz dejó en su rostro el quejido del amor, que a horcajadas traspasó mis sentidos. Y amigos, no puedo describir todos los instantes que siguieron galopando entre ambos, sin estribos.
Llegó la mañana y el estruendo de la muerte se esparció por todos lados.Rendidos al enemigo iba yo prisionero, no por las esposas que portaba, sino por el corazón que aún me ardía.
Todo el regimiento a pie, y ella sola en una montura aparejada.
Soportaba todo, salvo la certeza de la duda. No caminábamos con la cabeza baja, dejados ir por el magnánimo enemigo. Otro peligro se olía entre los bosques que lindaban la pradera. Veía su rostro de venganza. El odio y su negra mirada posada en ella.
Cuando sonaron los trinos del bosque, supe que no eran aves. Los trinos se tornaron voces, las voces gritos, los gritos carreras y al fin la sangre en forma de torrente. Mis ojos, sólo veían un caballo desbocado. Corrí derribando cabezas, cortando con el hacha los hilos que me impedían llegar a ella. La hallé en el suelo y tirando con fuerza pudimos adentrarnos entre la arboleda. En esta extraña correría, me acompañaban, los últimos vestigios de la tierra del silencio.
Enseguida supimos que no todos alcanzaríamos el horizonte, pero no dudamos en trazar una feroz mampara de hierro, para hacer inexpugnables nuestros deseos. Ni los rápidos del río pudieron parar el acelerado latir de los que querían amar a toda costa.
Más hay un momento en el que sabes que la fuerza del otro es mayor que la tuya, y en el desfiladero, nos encontramos, la venganza y el febril amor que me alojaba. Ella miró con ojos grandes, entregados al final que se acercaba, mientras la fuerza de las armas hablaba enmudeciendo el día. Mi brazo ensangrentado dejó patente la desigual batalla. Ya solo quedaba el último y fatal golpe. Me miró y se encontraron sus ojos y los míos. No sentí dolor, cuando el dolor despeñó mi cuerpo hacia el abismo, y vi su cuerpo que se aferraba al mío, cayendo al tiempo. El eco de mi espantoso grito llenó el espacio. La fuerza nos separó en la caída y lo último que vi fue una sonrisa de amor desesperado.
Cuando abrimos los ojos, el horizonte amado se hallaba a nuestros pies. El aire azotaba nuestros rostros y esparcimos las cenizas de lo que fuimos. El amor quedó prendido de los árboles y cuentan que cuando llega el atardecer aún se pueden escuchar los quejidos de aquel beso prodigioso.
Publicado el domingo, 28 de agosto de 2011 en el suplemento dominical del Correo Gallego.
Se siente todo, la noche, los olores, los ruidos de la batalla, la necesidad de estar juntos… divinamente contado, un relato prodigioso, como el beso que describe.
Fue un rapto de locura, casi una necesidad de contar un sentimiento. Me alegro de haber podido transmitir esas sensaciones.