Con ocasión del terremoto que se ha producido en Nueva Zelanda, tuve la ocasión de charlar sobre la deriva de los continentes y la tectónica de placas. Y así como dichas teorías, hoy aceptadas sin reservas, se sustentan en comprobaciones científicas, me temo que mi teoría sobre la deriva de los políticos se halla sólo en fase de elaboración y puede no contar con los suficientes apoyos de la ciencia positiva.
Sin embargo hoy querría en mi blog hacer algunas consideraciones que podrían llevarnos a la conclusión de que los continentes no son los únicos que van a la deriva.
Ya he dicho en alguna ocasión, que me disgustaba dedicar un sólo párrafo a la clase política. Sin embargo en el caso que nos ocupa me he sorprendido a mi misma intentando explicar qué es exactamente lo ocurre con los políticos.
Cualquier ciudadano dotado de sensatez, de cualquier ideología política que sea (si exceptuamos a los adeptos incondicionales), se ha podido percatar de que nuestro sistema democrático está sufriendo una suerte de tumor que impide que esa democracia convenza a la juventud o anime a los que ya no somos jóvenes.
Ese tumor inicial amenaza con convertirse en metástasis, con lo que, si la ciencia no lo remedia, podríamos estar asistiendo al comienzo de la desintegración de la clase política, tal como la conocemos hoy.
He observado que ya no existen lo que hace tiempo eran considerados “hombres de estado”, es decir políticos que miraban más allá de las siguientes elecciones y trazaban un programa de futuro para su país.
Ningún político actual parece tener proyectos más allá de la resolución del problema del día siguiente. Por esta razón creo que acogimos la llegada del presidente norteamericano, Obama, como un posible nuevo hombre de estado, que se sacudiera la lacra de la dependencia de los partidos y mirara al frente con arrojo y decisión.
Es pronto para saber si el presidente norteamericano es capaz de soslayar las fuerzas que empujan a los políticos a la deriva.
En los últimos tiempos, los políticos en general, y muy en particular en España, han sufrido y siguen padeciendo una política errática e indescifrable para muchos.
Si soy contraria a los programas políticos que son incapaces de cambiar sus objetivos, cuando todo cambia a su alrededor, también soy alérgica a los políticos que cambian de opinión de un día para otro, que defienden unos objetivos hoy, para abandonarlos mañana.
La cuestión no es constatar que, por ejemplo en Europa, no hay un político que no esté envuelto en un escándalo absurdo o puesto en cuestión por la oposición correspondiente, la cuestión es que ni los los partidos que gobiernan, ni los que se encuentran en la oposición tienen ideas.
Existe una falta total de imaginación para abordar los problemas y aunque ya en mayo del 68 se luchaba para que la imaginación tomara el poder, es evidente que esto no es posible.
El poder no puede tener imaginación hoy, ni ideas brillantes, ni siquiera ideas.
Los discursos los escriben especialistas, las ideas las tienen los asesores mediocres, por lo que no es de extrañar que al igual que los continentes, los políticos se deslicen sin destino aparente, sobre una superficie inestable, en medio de temblores inesperados de mayor o menor intensidad que producen acercamientos momentáneos, pero que sólo liberan las tensiones acumuladas.
Cabe preguntarse cuál puede ser la causa de dicha deriva, y asi como en el caso de la deriva de los continentes, los científicos han dado respuestas que explican la misma, en el caso que nos ocupa, la cuestión es más vidriosa.
Yo me atrevo a proponer, como causa profunda de dicha deriva, al movimiento soterrado de los lobbys, que bajo toda esa clase política diseña nuestro futuro en consonancia con sus intereses privados. No hay ninguna posibilidad de que los políticos tomen decisiones al margen de estos grupos de presión.
Ellos son los que dirigen el mundo, los que deciden si la energía renovable es la más oportuna o conviene seguir exprimiendo las energías tradicionales.
Son los que niegan la existencia de problemas medioambientales.
Son los que dejan que Obama tome decisiones de apoyo a las maltrechas finanzas sin demasiada oposición y encuentre dificultades para poner en marcha un sistema sanitario que amenaza la sanidad privada y los intereses de ésta.
Son los que impiden desmantelar los Guantánamos que tenemos en todo el mundo.
Los que impiden que España comercialice en EE. UU. una vacuna preventiva contra el cáncer de útero, por considerarla “insegura”. Son los que mantienen altos los precios de los medicamentos para el Tercer Mundo.
Son los que dicen (ver “Ciudadano Kane” de Orson Wells), “usted ponga las fotos, que yo pondré la guerra”.
Los que impiden que la ONU no sea más que un corazón sin capacidad de movimientos.
Podría estar dando ejemplos que harían inacabable este post, pero no serviría para convencer a muchos, porque los que no creen en los grupos de presión, suelen ser o unos inocentes o forman parte de esos lobbys y comparten sus intereses.
Los políticos van a la deriva movidos por manos invisibles, manos que esperan obtener, no trajes, coches o pequeñas minucias, sino cuotas de poder cada vez mayores.
Los políticos se han convertido en meros leguleyos, muñecos articulados e incultos que una veces sacan sus trapos sucios a airear o se insultan y tratan de demostrar que se mueven y trabajan para nosotros, cuando simplemente se mueven y trabajan para los intereses de sus partidos, para ganar las siguientes elecciones, en el mejor de los casos o en el peor, para colocarse en disposición de mantener los intereses de los grandes lobbys.
Todo barco que se deja mover por las corrientes, que no tiene timón, ni aspira a llegar a ninguna parte, suele terminar naufragando.
Cuando esto suceda, a los políticos se los comerán los tiburones y tendremos que inventar otra vez la democracia que nos han robado.
Limadura
“Convertid en imbéciles a la mayoría y veréis cómo vosotros os convertiréis en sabios“
No lo dijo Maquiavelo, en su obra “El Príncipe”, pero bien pudiera haberlo dicho.
Arsvocis